Una relación de noviazgo tiene características propias que la diferencian tanto de una relación informal como de la relación matrimonial. Y tiene, por supuesto, semejanzas con una u otra de las alternativas enunciadas.
El problema de la independencia es común a todas pero, sin embargo, se manifiesta de diferentes formas en cada estado. El más complejo suele ser, aparentemente, cuando se da en el noviazgo.
En efecto, mientras no existe una formalización de la relación, cuando todo parece no ser más que una simpatía y atracción indefinida, que uno u otro desee mantener espacios de independencia no plantea un problema mayor que unos celos, que vienen a ser indicadores de un síntoma de deseo más serio que la mera amistad.
En el matrimonio, la independencia queda resuelta con el mutuo respeto por la intimidad de cada cónyuge conjugada por los grandes espacios de comunión que expresan con toda su luz el placer propiamente conyugal: la seguridad y certeza de mutua posesión de dos que ya son una sola carne, uno donado por sí mismo al otro, que cuidan del otro con respeto y consideración.
“Quiero mi independencia”
Nada más natural que pedir respeto por la independencia en durante el noviazgo, aquel proceso de conocimiento que se desarrolla entre dos personas que se atraen mutuamente y proyectan un futuro en común.
Sin embargo, esta independencia es muchas veces una causa seria de discusiones, rencores y malos entendidos.
Los novios “quisieran”, en virtud de la atracción apasionada que sienten por el otro, que “nada los separe”, que “nada se les oculte”. Y esto va más allá de los celos, tema que ocupará nuestro próximo artículo. Se trata simplemente de la independencia, de cuando es buena y cuando un error o problema
La independencia mal entendida
Muchas veces la independencia no es más que una palabra que esconde segundas intencione so, peor aún, mal llama a otras cosas que tienen su propio nombre.
No es independencia el querer seguir llevando la vida de siempre, sin comprometerse con la relación que se dice sostener con la novia o el novio. Pretender mantener el mismo ritmo y estilo de vida, sin integrar a la pareja en el esquema de vida, no es independencia.
Tampoco es independencia el ”velo de misterio” con que algunos quieren ocultar su vida a la pareja. Más allá de que tal juego de secretos y manipulaciones es un atentado a la caridad y a la buena educación, por lo general no se trata sino de no querer perder “ni pan ni pedazo”.
Menos aún, en fin, es independencia pretender gozar los beneficios de intimidad y afecto de la pareja, paralelamente a otros “noviazgos”, por llamar esas infidelidades con algún eufemismo. Son demasiados los casos en que se desea mantener una relación “oficial” y otras “informales”, en nombre de la independencia.
La independencia bien entendida
La verdadera independencia sí es un derecho y un deber, aunque a veces tome nombres particulares.
Es independencia el pudor, que pide respetar la independencia propia, el dominio de nosotros mismos. Es la primera independencia porque sin respeto por la intimidad no hay otros respetos posibles, porque perdemos el derecho de propiedad más elemental.
Es independencia, y de las mejores, es respetar las amistades, aficiones y familia de la pareja, integrándonos e interesándonos por ella. Y por ese mismo respeto permitimos y estimulamos el ámbito propio que nos permite crecer y desarrollar nuestros potenciales. Aún después, en el matrimonio, hemos de respetar - con sus diferencias - estas independencias.
Es independencia el respeto a las ideas y deseos del otro, cuando estos son buenos o al menos, cuando no son malos. También es independencia gozar de privacidad, no siendo celados ni violentados, por ejemplo, en nuestras comunicaciones, amistades o creencias si estas no ofrecen peligros.
El equilibrio perfecto
El fuego, para poder arder entre dos leños, requiere que los dos troncos estén suficientemente cerca como para darse calor, pero sin asfixiarse, y suficientemente apartados como para dejar pasar el aire que se consume, pero sin vaciarse de calor.
Esta imagen sirve para todos los estados de la pareja, aunque principalmente rige para el noviazgo.
La pareja debe vivir con una cercanía tal que mutuamente se dé calor, pero sin llegar al extremo de la asfixia y el sofoco por no permitir la distancia necesaria para dejar pasar el aire. Y debe vivir, también, con una independencia suficiente como para permitir entrar el aire necesario para el fuego, pero sin consentir un enfriamiento o distancia que enfríe la relación entre los dos.
Atendiendo estas consideraciones tan elementales, la pareja puede ir caminando con seguridad en la construcción de su relación sin temores a errar o a construir la casa sobre malas bases.
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