Una funcionaria alemana sorprendió a todos con una propuesta: promulgar una legislación para que el matrimonio tenga fecha de expiración. Dice que habría que limitarlo a siete años, con la opción de renovarlo como si fuera un contrato. La polémica, como era de esperarse, ya cruzó el océano y llegó a Estados Unidos.
Vida en pareja
La que lanzó la bomba es Gabriele Pauli, una bella pelirroja de 50 años, jefa de distrito en la ciudad de Fürth, en la provincia de Franconia y, lo que es más curioso, miembro activo de la bávara Unión Social Cristiana, la agrupación política más conservadora del país.
Pero para Pauli pesó más la experiencia que la ideología a la hora de querer legislar al “sí, quiero”. Con dos fracasos matrimoniales en su haber asegura que “un plazo de siete años es adecuado porque después de ese tiempo la pareja entra en crisis. Y estadísticamente, una de cada dos uniones se disuelve”.
Mientras la controversial alemana afirma que la política familiar de su país es anticuada, su partido ha dicho que “nada hará temblar a los valores conservadores y que el matrimonio no es algo que se pueda pactar a plazo fijo”. También la Iglesia Católica de Baviera alzó su voz afirmando con lógica irrefutable que “un matrimonio con vencimiento es una contradicción en sí mismo. Nadie se casa para luego divorciarse”.
Por eso, para calentar las lenguas, Pauli aclara: “a los siete años se podrían renovar los votos a través de un contrato con lo cual seguirían habiendo matrimonios que duraran para siempre”.
La teoría de Pauli está basada en un ciclo que siempre ha sido motivo de análisis. Desde los astrólogos hasta los terapeutas de familia hablan de ‘la comezón del séptimo año’ (The Seven Year Itch, en inglés), que tan bien popularizara Marylin Monroe en su filme del mismo nombre, el de la famosa escena de la popular rubia con su vestido blanco subiendo al viento en plena calle.
La Wright State University en Dayton, Ohio, analizó a 93 parejas que estaban entrando en su séptimo año de convivencia y observó que en muchos casos se había comenzado a pensar en la infidelidad justo en ese momento.
Según Lawrence Kurdek, autor del trabajo, concluyeron que el ‘efecto luna de miel’ duraba cuatro años, a lo que sobrevenía una etapa de ‘meseta’ que llevaba, finalmente, a la popular comezón.
Lo paradójico, explica la sexóloga Lidia Ferreira, es que estos años de supuesta meseta son los de crianza de los hijos. “No es verdad que los niños unen al matrimonio en todos los casos. Muchas veces alejan a los cónyuges que no encuentran un espacio propio en medio de pañales, escuelas y fiestitas infantiles”. Y estadísticas del último Censo avalan lo empírico: según datos oficiales la duración media de un matrimonio en el país es de 7,2 años.
Para evitar que la comezón degrade al vínculo en forma irremediable, Ferreira explica que algo tan obvio como cuidar el bienestar del matrimonio es la clave para seguir adelante en la pareja con la frente en alto. “Nada, ni la más bella sonrisa de un hijo, reemplaza el valor de una noche de amor, un viaje inesperado o el placer de una cena a la luz de las velas”, aconseja la especialista.
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